Hace año y medio se supo uno de los mayores noticiones del mundo del
fútbol en los últimos años: Pep Guardiola, tras su exitosa etapa como
entrenador del FC Barcelona se incorporaría al Bayern de Munich como
nuevo técnico tras el retiro de Heynckes. La expectación era máxima: un
cruyffista de pro en casa de Beckenbauer, la ironía hecha noticia. El
presidente de honor del club bávaro, ya desde los años 70, ha
representado una visión del fútbol más directa y vertical, enfrentada a
la del filósofo consistente en la posesión del balón y avasallar
al rival en base a ello. Aún así, Guardiola había quedado maravillado ya
años atrás por la organización del Bayern: dirigido por ex-futbolistas y
con unas instalaciones envidiables, además de una relaciones cordiales
entre todos los estamentos. Mientras los resultados acompañaran.
Cómo podría conciliar su ideario de juego con el del equipo alemán por
excelencia se convirtió en la gran pregunta para la afición. ¿Qué
primaría: el músculo o la técnica? ¿Jugaría como en el Barça sin contar
con los jugadores culés? La respuesta a ambas preguntas parecieron
quedar respondidas con las incorporaciones de Götze (Borussia Dortmund) y
Thiago Alcántara (FC Barcelona), Pep no renunciaría a sus ideas tan
fácilmente y mientras ganara como en su etapa anterior, todo se le
permitiría.
El problema procedió cuando Heynckes abandonó el fútbol con un demoledor
triplete: Liga, Copa y Champions League cayeron en su haber con la
ayuda de un equipo transformado en martillo pilón: nadie podía aguantar
ante aquella maquinaria de presión, músculo y velocidad. Debía mejorar
lo inmejorable, una tarea para la que sólo él podría demostrarse capaz.
La temporada comenzó con una amarga derrota ante el BVB en la Supercopa
Alemana (contra el segundo de Liga y no el de Copa, en caso de doblete
en ambas competiciones) por 4-2, si bien el recién llegado Guardiola,
quien comenzaba a manejar el alemán con soltura, fue perdonado: Neuer,
Ribéry y demás referentes del equipo no jugaron. Además, el equipo borussen liderado por Jürgen Klopp, autodefinido como su nuevo Mourinho
guardaba deseos de revancha tras la final europea perdida la temporada
anterior. Pocas alarmas se encendieron, si bien cuando no ganas la
directiva bávara comienza a mirar con ojos asesinos. Pep logró
contenerles alzando la Supercopa Europea frente al Chelsea de Mourinho y
más adelante el Mundial de Clubes en Marruecos. El palmarés se abultaba
y sólo había llegado a la ciudad.
En la Liga, el predominio muniqués se hizo patente desde el primer
momento y al poco ya contaban con un generoso colchón de puntos sobre
Dortmund y Schalke. Pero al noi estos detalles poco le
importaban, que no nada, sabedor de que su cabeza estaba menos segura
que en el Camp Nou. Él estaba preocupado con cómo innovar en el equipo
sin perder la senda de victorias, cómo imprimir su sello en el equipo.
Las alineaciones 4-1-4-1, las probaturas con Ribéry o Götze como falsos 9
(lease Messi) son ejemplos de ello. No terminaron de cuajar del todo,
no así Lahm como mediocentro después de ejercer de lateral derecho toda
su vida. En cualquier caso, la mayor posesión de balón y número de pases
se dejaron notar desde las primeras de cambio: para Guardiola, el
estilo es innegociable, medio para alcanzar el fin y no fin de por sí.
Sin estilo, no hay fútbol en su mente, una de las más brillantes del
fútbol desde Sacchi, van Gaal o su maestro Cruyff. Los resultados
continuaron acompañándole, como atestigua el 0-3 en el Iduna Park ante
el BVB, el mayor rival doméstico, y su apuesta seguía refrendada por el
club.
En Copa siguió haciéndose paso cómodamente y en Europa, mayormente
contra equipos ingleses (Manchetser City, Arsenal y Manchester United)
alcanzó la victoria con esfuerzo. Al poco le tocó vérselas con el Real
Madrid en semifinales. Los grandes rivales, tanto del equipo como del
entrenador, antes de poder disputar la final de Lisboa y revalidar el
título continental, algo nunca conseguido desde que surgiera el nuevo
formato de Liga de Campeones. La ida (1-0) no dejó mayor historia, salvo
una pobre imagen del temido Bayern, más desde el 7-0 endosado al FC
Barcelona el año anterior, también en semifinales.
Para la vuelta, el equipo y la ciudad se prepararon para ofrecer guerra y
"quemar todos los árboles", confiados en el infierno de los estadios
patrios y la capacidad de una plantilla de ensueño (no olvidemos:
Robben, Ribéry, Götze, Lahm, Javi Martínez, Schweinsteiger, Neuer,
Dante... no así Thiago, su delfín ya en dos equipos muy diferentes,
lesionado) para revertir la eliminatoria. El palo no pudo ser mayor: 0-4,
los blancos masacraron el Allianz Arena y tácticamente, Guardiola
recibió el mayor baño de su vida. Lahm hubo de volver al lateral; su
apuesta, vapuleada. Hasta ese momento, muchos ya decían que el catalán
había mejorado al equipo heredado de Heynckes: líderes en Liga a falta
de siete jornadas (el alemán lo consiguió a falta de seis), con 3000
pases más que el año anterior, una maquinaria espléndida basada en
jóvenes valores como Martínez, Alcántara y Götze, a la espera de
incorporar al goleador polaco Lewandoski (BVB) y con la experiencia de Schweinsteiger
y Lahm. Sin embargo, después de ese partido, se sucedieron unas horas
de pesadilla en las que varios miembros de la directiva bávara exigieron
el despido fulminante de Pep por la vergüenza pública: apeados de la
final europea por los mayores rivales. Alguien debía correr con las
consecuencias, y más cuando el año anterior el otro gran equipo español
recibió un resultado aún más humillante. Algo debía haber ido a peor
desde entonces y ese gran cambio tenía nombre y apellidos: Josep
Guardiola. Si bien, la directiva (tampoco en su mejor momento, el
presidente Hoeness ingresará en prisión por evasión fiscal) no olvidaba
que el técnico catalán, el de moda en los últimos cinco años, no había
venido solo. Había supuesto una inversión mucho mayor: traer a una serie
de jugadores de su agrado y cambiar la dinámica de juego por su
predilecta. Echarle a él supondría echar por tierra más de 12 meses de
trabajo. "Queda la final de Copa", dijeron resentidos. Después se vería
si continuaría o no en el banquillo muniqués.
Pese a ello, Beckenbauer no vio opción de callar su opinión y se
apresuró a considerar públicamente al Borussia Dortmund (los otros
finalistas) como los favoritos tras el descalabro en la competición
continental. De poco sirve ganar 3 títulos de 5, una Liga a falta de
siete jornadas y con 3000 pases más si recibes una goleada en
semifinales de Champions League. Así se las gastan en el Bayern y por
estas razones cayó Louis van Gaal en su segundo año tras haber
conseguido Liga, Copa y final de Copa europea el primer año y nada el
siguiente. Si pierdes, a la calle.
Consciente de que debía salvar no sólo su puesto, sino también la
honra y la de su nuevo club, Guardiola preparó concienzudamente a los
suyos para el decisivo duelo frente a los hombres de Klopp. Debía
conseguir que recuperaran el nivel previo a la consecución de la Liga,
tras lo cual el equipo bajó las revoluciones. Toca esperar a la
recuperación de Thiago, su prolongación sobre el campo, que recayó de su
lesión y no podrá acudir al Mundial de Brasil. Con todos los
contratiempos del mundo, el Bayern debía ganar la Copa para que les
bajaran los colores. El BVB, para ver la temporada plagada de lesiones
de gravedad traducida en un título importante a final de temporada.
El 17 de mayo fue el día señalado para el partido de marras, uno
de los más apasionantes del continente y que ha seguido una trayectoria
contraria al derbi madrileño: de la final de Liga de Campeones del año
pasado a la de Copa de este. Con Mandzukic
fuera por decisión técnica, Lahm y Alaba descartados en el último
momento por lesión, Guardiola hubo de reorganizar sus planes más de una
vez. El duelo, rocoso y muy igualado en la lucha por el centro del
campo, no se decantó del lado bávaro hasta la prórroga, cuando Robben y
Muller otorgaron la Copa a su equipo.
Con Supercopa de Europa, Mundial de
Clubes, Liga y Copa después de la temporada inigualable, Guardiola ha
conseguido terminar su temporada más difícil como entrenador de forma
satisfactoria, con solo un lunar en la competición continental. Pero el
resultado merece la pena. Sigue siendo un campeón allá donde va y, a
final de temporada, ha logrado recuperar el apoyo puesto en duda de la
directiva e incluso de parte de la afición. Todos dispuestos a ser
testigos de un Año 2 que promete seguir haciendo historia.
